Cuentos

Esta colección no se limita a los recuerdos de infancia y paternidad que le dieron origen. Aquí conviven también pequeñas ficciones libres y los “matecuentos”: relatos breves que usan el misterio de un acertijo matemático como motor de la narración, tendiendo un puente entre la literatura y el pensamiento lógico que ha acompañado toda mi vida profesional.

Es, en suma, una colección abierta —tan diversa como los caminos por los que puede llevarnos el contar una historia— que seguirá creciendo conforme siga escribiendo.

La casa de la calle Cabadas

Tenía tan solo cuatro años cuando regresamos a una vieja casa en mi pueblo natal. La entrada tenía un enorme portón de madera abandonada que daba a un pasillo más ancho que largo. Después, seguía un patio con una escalinata en el fondo parecida a la de las iglesias; todo el piso —el del portal, el patio y la escalera— tenía baldosas de cantera muy grandes y desgastadas. En el patio siempre había charcos. Esa era toda la planta baja, sin puerta ni ventana, solo la escalera que terminaba en un angosto distribuidor en el segundo nivel.

El distribuidor conducía a las puertas de cuatro habitaciones y, por seguridad, había a la izquierda una barda en la que me sentaba con las piernas al aire para contemplar aquel patio. La bardita estaba custodiada por unas macetas de barro derrotado, en las que crecían abundantes helechos que, bajo sus hojas, daban asilo a solidarias familias de alacranes. Yo guardaba ese secreto.

En esa casa vivía con mis padres y mis cinco hermanas, cuatro mayores, y, además, una pequeña perra que se llamaba Peregrina, en honor a Alma Reed. Cómo olvidarla si fue luego de una tormentosa noche que el patio amaneció rejuvenecido pero teñido de sangre, y la escalinata estaba decorada con las huellas de las patas de Peregrina; pero ¡había sangre! La perra tenía un vidrio en una pata delantera. La arrastré hasta la entrada de la habitación en donde permanecía una pila de maletas coronada con unas pinzas para sacar las cejas, vendas, tijera, algodón, alcohol y Merthiolate.

No fue difícil alcanzar el instrumental ni llevar a Peregrina para sacarle ese objeto extraño de su cuerpo mientras estaba sentado en la bardita; así que apliqué en la herida un antiséptico y, sin verlo venir, Peregrina lanzó una mordida contra mi cara que evadí, cayendo en un charco que exageró el sangrado. La caída de dos metros de altura abrió mi frente de lado a lado y provocó que perdiera el conocimiento.

Cuando recuperé el conocimiento vi los ojos de mi madre con el destello que siempre dejaban las lágrimas en sus ojos claros color del tiempo. A su pregunta de por qué lloraba, solo respondió: “Ay, hijo.”

Entonces, recordé el accidente y me di cuenta de que estaba en una cama de hospital. Aún recuerdo que repasé toda mi experiencia acerca de la muerte: los muertos en la Revolución, siempre justos porque triunfaba Pancho Villa; el superhéroe que acompañó mi infancia y cuyas aventuras me contaba mi padre; recordé que a una persona la habían acuchillado a la salida de una cantina, pero nunca había sabido de alguien que muriera por una descalabrada.

Con la seguridad en mi propio pensamiento —seguridad que no volvió hasta pasada la primera juventud— consolé a mi mamá: “Los hombres no mueren de una descalabrada, mueren por cuchilladas o balazos.” Muchos años después, mi madre contaba esta historia como si la frase fuera una gracia mía.

En los últimos años he sentido la necesidad de disculparme ante personas que consienten mis rebeldías, y uso una versión resumida de esa historia, con un cambio en el final. El nuevo final es que mi madre recibió la noticia en la sala de espera y que el médico le dijo: “El niño vivirá; pero no volvió en sí… volvió en no.”

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Nace un niño

Alonso Castillo Pérez — Febrero de 1988

Apenas ocho días antes supimos que el nacimiento sería por cesárea. Fue después de una radiografía cuando se determinó la operación y se fijó la fecha. Además de las indicaciones para la hospitalización, el médico preguntó si deseábamos la presencia de un perinatólogo en la sala. Como entendí que se trataba de un pediatra, contesté que sí, aunque la palabra perinatólogo me sonaba extraña.

Salimos del consultorio en silencio y no hablamos durante el regreso. Ella llevaba la cabeza hundida entre los hombros, y yo no hacía otra cosa que pensar en la etimología de aquella palabra. Más tarde, ya en nuestra casa, la busqué en el diccionario. No estaba.

Al día siguiente empecé mi preparación para presenciar la operación: comencé a leer Prácticas de obstetricia, de Beck. Me preocupaban los riesgos que ella podría correr. En cuanto a mí, sabía que la sangre no me produciría ninguna impresión: sé controlar mis fantasías. Mi actitud es perfectamente racional.

No sé por qué muchas personas renuncian a la racionalidad. En mi situación, otros se ponen a desear —inconscientemente al menos— un varón o una mujer. Esto es absurdo: ambos eventos tienen probabilidades muy parecidas.

Como dije antes, estuve leyendo el libro de Beck, por lo que los días siguientes pasaron rápidamente, sin que ocurriera nada importante hasta el día de la operación.

Esperé en el área de quirófanos hasta que le hicieron la asepsia y la antisepsia. A través del cristal de la puerta pude ver que la desinfectaban con benzal; lo reconocí por el color amarillo.

Ya en la sala de operaciones, mi lugar estaba en la cabecera, cerca del aparato para la anestesia. Por el reflejo de la lámpara central podía darme cuenta de lo que acontecía.

Momentos después de haber empezado la cirugía, ella preguntó:

—¿Cómo será la incisión: vertical u horizontal?

Al mismo tiempo soltó mi mano y trazó en el aire las dos posibles hendiduras. La tranquilicé informándole que se le practicaría una cesárea transversal y que la cicatriz no sería visible con el bikini. Ella sonrió, comprensiva.

Estuve atento a lo que ocurría hasta que el médico colocó el separador de Farabeuf y el primer ayudante giró la lámpara central. La luz cayó directamente sobre mis ojos. La lámpara pareció un sol levantándose detrás de una montaña; su vientre parecía una montaña debido a la posición decúbito supino en que estaba. Eran las siete y media de la mañana.

El proceso era lento y comenzaba a aburrirme. Por eso me propuse pensar en mi tierra natal: La Escondida, 102°23′ longitud oeste y 20°35′ latitud norte. Pensé en aquellas mañanas en que veía levantarse el sol detrás de la montaña. No sé a qué hora nací porque mi abuela, que fue la partera, no lo recordaba.

Sentí extraño, en ese momento, el laboratorio en que me encontraba: el bisturí eléctrico, la lavadora aspiradora y la mesa con los instrumentos. Eché un vistazo para cerciorarme del avance de la operación. Por los movimientos cortos y en diversas direcciones que hacía la mano del médico, supe que abriría el peritoneo y que el proceso aún tardaría.

Como me estaba aburriendo, me permití divagar en mis pensamientos. Fue así como mis reflexiones llegaron al asunto de la crisis económica. Pero ¿por qué temer? ¿No fui feliz a pesar de la austeridad de mi mundo infantil? Aprendí a no desear lo que no podía tener, y eso forma parte de mi libertad actual.

En ese momento el médico retiró unas gasas ensangrentadas.

La noche que dormí en el hospital vi en la televisión un reportaje sobre Nicaragua. Eso me hizo recordar el rostro de un joven acribillado.

¿Cómo sería el rostro de mi hijo?

Sentí un escalofrío. ¿Miedo? ¿Vergüenza de recibir a alguien en un lugar desaseado? Hasta entonces no había visto las cosas de ese modo. Siempre me he pensado como un hombre universal, amante de la cultura, el arte y la ciencia. Aunque no he vivido la guerra, la he visto a través de La Guerra y el Guernica de Picasso. He sufrido sus efectos en Tambores de la noche y en Die Gewehre der Frau Carrar, de Bertolt Brecht. Conozco también Anatomía de la destructividad humana, de Fromm.

¿No era eso, precisamente, lo más alto de la vida? No sé cómo me permití pensar que mi hijo podría ser víctima de hombres incapaces de vivir en paz.

Sentí coraje. Deseos de hacer algo. Pero ya no había tiempo. ¿Qué había hecho yo todos estos años? ¿Cómo educaría ahora a mi hijo para evitarle el sufrimiento?

Recordé un verso de José Martí y estuve a punto de llorar, pero en ese momento el obstetra sacó al niño por la cabeza. El niño lloró como si supiera de nuestra presencia y, al mismo tiempo, como si le fuera indiferente. No abrió los ojos.

Con dos pinzas, el cirujano tomó el cordón umbilical y lo cortó con unas tijeras. El perinatólogo se llevó al niño, dándonos la espalda y mostrando la verdadera profundidad de su calvicie. Mientras el cirujano sostenía la placenta entre las manos, pensé en la ineficacia de algunos shampoos con placenta para evitar la calvicie.

Estuve intranquilo mientras ella permaneció en la sala de recuperación. Veía al niño en los cuneros y me alarmó una mancha que resaltaba sobre el barniz caseoso. Tuve que preguntarle al pediatra si no sería un tumor.

Luego la trajeron dormida al cuarto; le habían inyectado diez miligramos de diazepam.

Ella no lee mucho y, sin embargo, sabe vivir. No me explico cómo mi padre, que tampoco leía, un día me dijo:

—No vaya a ser usted un macho que ni es yegua ni es burro.

Quería decir que en cada hombre deben fusionarse el ideal y la realidad; el intelecto y la emoción.

Aunque ella estaba dormida, su presencia me hacía sentir seguro. Me tranquilicé pensando que estaría preparado para la educación de mi hijo: Normalidad y patología en la niñez, de Anna Freud; Separación e individuación, de Margaret Mahler; Seis estudios de psicología, de Jean Piaget; y, sobre todo, mis largas reflexiones sobre la libertad y la manera en que los adultos transmitimos nuestras frustraciones a los hijos.

Ella había despertado, pero volvió a dormirse.

Estaba dormida cuando entró una enfermera con el niño. Lo puso en mis brazos y me dijo:

—Tome, dele el biberón.

Le contesté que no sabía cómo hacerlo.

—Aprenda, porque lo va a necesitar —replicó.

Y se marchó.

Quise despertar a ella, pero dormía profundamente. Escuché los pasos de la enfermera alejándose por el pasillo. Me apresuré hasta la puerta y le grité, comprometiéndola:

—¿Y si se me ahoga?

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